Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas.
Las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía, miedo a las puertas sin cerraduras, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión.
Miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad.
Miedo a lo que fue y a lo que puede ser.
Miedo a morir, miedo a vivir…
miércoles, 27 de agosto de 2008
martes, 12 de agosto de 2008
Coplas populares del que ama callado
Quiero decir y no digo
y estoy sin decir diciendo.
Quiero y no quiero querer
y estoy sin querer queriendo.
Tengo un dolor no sé donde,
nacido de no sé qué.
Sanaré yo no sé cuándo
si me cura quien yo sé.
Cada vez que me miras
y yo te miro,
con los ojos te digo
lo que no digo.
Como no te hallo
te miro y callo.
(Memoria del fuego/Los nacimientos)
y estoy sin decir diciendo.
Quiero y no quiero querer
y estoy sin querer queriendo.
Tengo un dolor no sé donde,
nacido de no sé qué.
Sanaré yo no sé cuándo
si me cura quien yo sé.
Cada vez que me miras
y yo te miro,
con los ojos te digo
lo que no digo.
Como no te hallo
te miro y callo.
(Memoria del fuego/Los nacimientos)
jueves, 7 de agosto de 2008
Durito y una de trenes y peatones
Subcomandante Insurgente Marcos
Dice Durito (que alguna vez fue ferrocarrilero) que la política del Poder en
el neoliberalismo (“escríbelo completo –me dice y ordena- porque no es
una verdad para siempre, sino algo para el ahora”), es como un tren.
Dice Durito que en el tren de la política neoliberal, los vagones de adelante
son disputados neciamente por quienes suponen que pueden conducir
mejor, olvidando que la locomotora es la que lleva a los vagones y no al
revés.
Dice Durito que los políticos ignoran también que la locomotora la conduce
otro (aquel que habla la lengua del dinero) y que, en el descarrilamiento
por venir, los vagones de lujo, los de adelante, son los primeros, sí,
pero a la hora de desbarrancarse.
Dice Durito que a pie viaje la gente común y corriente.
Dice Durito que caminar es gratis, es más divertido y ahí uno decide a
dónde va y a qué paso.
Dice Durito que la mayoría de la gente de a pie mira con indiferencia el
paso de esa máquina que se precia de decidir su rumbo, y que olvida que no
puede salirse de los rieles que las reglas de la política le imponen.
Dice Durito que la gente común y corriente no sólo no quiere conducir el
tren y que, en algunos casos, se atreve a dudar del destino del viaje (que,
además, se hace en su nombre, en su “representación”).
Dice Durito que, entre la gente de a pie, hay unos que son rebeldes. Éstos
no sólo critican el destino del viaje y el ridículo reparto discrecional de
boletos. Incluso cuestionan la existencia misma del tren y se preguntan si
realmente son necesarios los trenes. Porque sí, es cierto, se llega más rápido
y más cómodo, pero uno llega adonde no quiere llegar.
Dice Durito que los zapatistas somos unos de esos peatones rebeldes (los
“za-peatones”), y que somos el objeto de burla de quienes critican que no
queramos comprar boleto y que viajan a toda velocidad… a la catástrofe.
Dice Durito que los zapatistas somos unos peatones muy otros. Porque, en
lugar de ver con indiferencia el paso soberbio del tren, un zapatista ya se
acerca sonriendo a la vía y pone un pie. Seguramente piensa, ingenuo, que
así hará tropezar a la poderosa maquina y se descarrilará sin remedio.
Dice Durito que en los vagones, antes lugar de la feroz (y mezquina) lucha
por un Poder que no está ahí, los pasajeros se unen ahora para, asomándose
por las ventanas, burlarse del zapatista que, con su pie moreno, trata
de detener el tren del Poder.
Dice Durito que en la madrugada del primero de enero de 1994 (llovía,
hacía frío y una niebla densa cobijaba la ciudad), un indígena zapatista
puso su pie para descarrilar el tren todopoderoso del PRI.
Dice Durito que 6 años después, el PRI yace en el fondo de la barranca y los
restos son disputados por los que ayer se burlaron de ese indígena que,
justo ahora, se venda con cuidado el pie, no porque le duela, sino porque
allá se ve venir otro tren y otro y otro…
Dice Durito que si algo le sobra a los zapatistas son pies, porque se los
hacen grandes a fuerza de caminar la larga noche del dolor a la esperanza.
Dice Durito que los zapatistas no terminarán de andar la noche hasta que
los todos que son de a pie puedan decidir, no sólo sobre la existencia y
rumbo del tren, también, y sobre todo, cuando en el andar de los peatones
de la historia, haya muchas sillas bajo un manzano cargado de frutos…
para todos.
“Porque de eso se trata todo esto, puesto que manzanas, sillas y trenes”,
dice Durito mientras ve, satisfecho, que la semilla que sembró hace tiempo
ya levanta un palmo de la tierra que, cómplice y solidaria, la guardó.
fuente: http://www.revistarebeldia.org/html/descargas/rebeldia_03.pdf
Dice Durito (que alguna vez fue ferrocarrilero) que la política del Poder en
el neoliberalismo (“escríbelo completo –me dice y ordena- porque no es
una verdad para siempre, sino algo para el ahora”), es como un tren.
Dice Durito que en el tren de la política neoliberal, los vagones de adelante
son disputados neciamente por quienes suponen que pueden conducir
mejor, olvidando que la locomotora es la que lleva a los vagones y no al
revés.
Dice Durito que los políticos ignoran también que la locomotora la conduce
otro (aquel que habla la lengua del dinero) y que, en el descarrilamiento
por venir, los vagones de lujo, los de adelante, son los primeros, sí,
pero a la hora de desbarrancarse.
Dice Durito que a pie viaje la gente común y corriente.
Dice Durito que caminar es gratis, es más divertido y ahí uno decide a
dónde va y a qué paso.
Dice Durito que la mayoría de la gente de a pie mira con indiferencia el
paso de esa máquina que se precia de decidir su rumbo, y que olvida que no
puede salirse de los rieles que las reglas de la política le imponen.
Dice Durito que la gente común y corriente no sólo no quiere conducir el
tren y que, en algunos casos, se atreve a dudar del destino del viaje (que,
además, se hace en su nombre, en su “representación”).
Dice Durito que, entre la gente de a pie, hay unos que son rebeldes. Éstos
no sólo critican el destino del viaje y el ridículo reparto discrecional de
boletos. Incluso cuestionan la existencia misma del tren y se preguntan si
realmente son necesarios los trenes. Porque sí, es cierto, se llega más rápido
y más cómodo, pero uno llega adonde no quiere llegar.
Dice Durito que los zapatistas somos unos de esos peatones rebeldes (los
“za-peatones”), y que somos el objeto de burla de quienes critican que no
queramos comprar boleto y que viajan a toda velocidad… a la catástrofe.
Dice Durito que los zapatistas somos unos peatones muy otros. Porque, en
lugar de ver con indiferencia el paso soberbio del tren, un zapatista ya se
acerca sonriendo a la vía y pone un pie. Seguramente piensa, ingenuo, que
así hará tropezar a la poderosa maquina y se descarrilará sin remedio.
Dice Durito que en los vagones, antes lugar de la feroz (y mezquina) lucha
por un Poder que no está ahí, los pasajeros se unen ahora para, asomándose
por las ventanas, burlarse del zapatista que, con su pie moreno, trata
de detener el tren del Poder.
Dice Durito que en la madrugada del primero de enero de 1994 (llovía,
hacía frío y una niebla densa cobijaba la ciudad), un indígena zapatista
puso su pie para descarrilar el tren todopoderoso del PRI.
Dice Durito que 6 años después, el PRI yace en el fondo de la barranca y los
restos son disputados por los que ayer se burlaron de ese indígena que,
justo ahora, se venda con cuidado el pie, no porque le duela, sino porque
allá se ve venir otro tren y otro y otro…
Dice Durito que si algo le sobra a los zapatistas son pies, porque se los
hacen grandes a fuerza de caminar la larga noche del dolor a la esperanza.
Dice Durito que los zapatistas no terminarán de andar la noche hasta que
los todos que son de a pie puedan decidir, no sólo sobre la existencia y
rumbo del tren, también, y sobre todo, cuando en el andar de los peatones
de la historia, haya muchas sillas bajo un manzano cargado de frutos…
para todos.
“Porque de eso se trata todo esto, puesto que manzanas, sillas y trenes”,
dice Durito mientras ve, satisfecho, que la semilla que sembró hace tiempo
ya levanta un palmo de la tierra que, cómplice y solidaria, la guardó.
fuente: http://www.revistarebeldia.org/html/descargas/rebeldia_03.pdf
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Ejercito Zapatista de Liberacion Nacional
martes, 15 de julio de 2008
De elefantes, hormigas y revoluciones
Subcomandante insurgente Marcos
Decía Julio Cortázar que decía Marcel Duchamp que los elefantes son contagiosos, y decía Julio que él agregaría que las revoluciones también son contagiosas.
Y las hormigas, Julio. Basta ir a mi cuartel donde, con paciencia y dedicación, se han instalado en las paredes, el suelo y hasta en el techo. Eso sí, faltará el alimento, pero hormigas tenemos para rato o, más bien, ellas nos tienen a nosotros, y la convivencia pacífica es nuestra garantía de supervivencia. Los elefantes, está claro, confirman una vez más que la naturaleza imita al arte y esa pesada asimetría lo reconcilia a uno consigo mismo.
Pienso que la historia habrá de hacerles justicia algún día a los elefantes, sobre todo si son de color violeta y la trompa verde. Este ser noble y modesto mucho tiene de símil con la hormiga, por más que sus relaciones sean, como las llamarían los "brillantes" politicólogos, de guerra fría (que en nuestra América está ya en punto de ebullición). ¿Ves cómo tengo razón? Apenas está uno hablando de elefantes y hormigas y ya tocan a la puerta los servicios de inteligencia made in Fort Gullick, cosa que al elefante lo deja imperturbable y de la hormiga ni hablamos, bastante trabajo tiene con el azúcar que derramé al servirme el café.
Bueno, pero trataba de decir que las hormigas y los elefantes tienen sospechosas similitudes. Por ejemplo, los elefantes les gustan a los niños, pero es de notar que los dueños de circos y zoológicos no comparten ese entusiasmo cada vez más acallado por grupos "musicales" y etcéteras vestidos con modas galácticas (o eso creen), porque si no, no me puedo explicar cómo obligan a los paquidermos a viajar en esos camiones tan incómodos y oscuros. En fin, los elefantes son seres incomprendidos y también las hormigas. Por ejemplo, el otro día un sanitario me ha soltado un largo discurso sobre lo antihigiénicas que son las hormigas y las bondades que nos traería acabar con ellas.
No lo creo. Además de la simpatía que me provocan, acabarían venciendo en esa pequeña guerra que nos iría agotando mientras ellas crecen. Todos los cursos de contrainsurgencia y todas las maniobras militares no bastarían para siquiera intimidarlas. Son más y conocen mejor el terreno. Yo estoy por una alianza o, por lo menos, un pacto de no agresión, de convivencia pacífica. Esto último creo que ha dado resultado. El cuartel tiene sus horarios. En la intendencia, por ejemplo, hay horas para que hombres y mujeres deambulen neciamente en ese lugar y horas para que las hormigas busquen alimento o se paseen en las piedras porque afuera está el calor o la lluvia. En fin, en estos pocos días hemos sido felices. Admito que tratándose de elefantes el problema crecería desmesuradamente, pero creo que terminaremos arreglándonos. Sí, sí, ya sé que los sanitarios, iracundos, se disponen a escribir sendas cartas hablando de la cantidad de microbios que las hormigas acarrean, y ni hablar de los elefantes, pero creo que me doy a entender. Las revoluciones también son antihigiénicas... para el neoliberalismo. Sobre todo porque son contagiosas (como los elefantes y las hormigas). Y así como hay que aprender a amar a las hormigas y los elefantes, hay que aprender a amar y hacer las revoluciones.
Volviendo a la relación entre las hormigas y los elefantes, a mí no me convence esa aparente indiferencia que asumen una al paso del otro. Sospecho una secreta alianza en ese ignorarse mutuamente. Tal vez se ayudan sin saberlo nosotros; tal vez tras las grandes orejas se esconden las hormigas por millones, recuperan fuerzas, conspiran y preparan el contraataque cuando alguna campaña higiénica las ha obligado a un repliegue táctico; tal vez las hormigas construyen bajo tierra inmensas galerías para resguardar a los elefantes cuando los niños terminen por olvidarlos y queden en las perversas manos de los dueños de los circos. ¿A dónde irían si no bajo tierra a esconderse? ¿Dónde podrían rehacer sus fuerzas sin que fuertes cazadores armados con napalm los encontraran? Quién dice que no, a lo mejor...
Por ejemplo, cuando veo un elefante, en las afueras de un circo o en un zoológico, se me contagia casi inmediatamente y sé que me miran con secreta complicidad, dándome a entender que se preparan para rebelarse. Seguro es que las jaulas no ni tampoco las cadenas que los atan. Las romperán un día e irán felices a retozar, por fin, en los jardines y a comer todo el algodón de azúcar que quieran (todo elefante que se respete enloquece de gusto con el algodón de azúcar y con retozar en los jardines y mejor si tienen una fuente).
Por esto, y por otras cosas, hay que hacer una revolución...
Decía Julio Cortázar que decía Marcel Duchamp que los elefantes son contagiosos, y decía Julio que él agregaría que las revoluciones también son contagiosas.
Y las hormigas, Julio. Basta ir a mi cuartel donde, con paciencia y dedicación, se han instalado en las paredes, el suelo y hasta en el techo. Eso sí, faltará el alimento, pero hormigas tenemos para rato o, más bien, ellas nos tienen a nosotros, y la convivencia pacífica es nuestra garantía de supervivencia. Los elefantes, está claro, confirman una vez más que la naturaleza imita al arte y esa pesada asimetría lo reconcilia a uno consigo mismo.
Pienso que la historia habrá de hacerles justicia algún día a los elefantes, sobre todo si son de color violeta y la trompa verde. Este ser noble y modesto mucho tiene de símil con la hormiga, por más que sus relaciones sean, como las llamarían los "brillantes" politicólogos, de guerra fría (que en nuestra América está ya en punto de ebullición). ¿Ves cómo tengo razón? Apenas está uno hablando de elefantes y hormigas y ya tocan a la puerta los servicios de inteligencia made in Fort Gullick, cosa que al elefante lo deja imperturbable y de la hormiga ni hablamos, bastante trabajo tiene con el azúcar que derramé al servirme el café.
Bueno, pero trataba de decir que las hormigas y los elefantes tienen sospechosas similitudes. Por ejemplo, los elefantes les gustan a los niños, pero es de notar que los dueños de circos y zoológicos no comparten ese entusiasmo cada vez más acallado por grupos "musicales" y etcéteras vestidos con modas galácticas (o eso creen), porque si no, no me puedo explicar cómo obligan a los paquidermos a viajar en esos camiones tan incómodos y oscuros. En fin, los elefantes son seres incomprendidos y también las hormigas. Por ejemplo, el otro día un sanitario me ha soltado un largo discurso sobre lo antihigiénicas que son las hormigas y las bondades que nos traería acabar con ellas.
No lo creo. Además de la simpatía que me provocan, acabarían venciendo en esa pequeña guerra que nos iría agotando mientras ellas crecen. Todos los cursos de contrainsurgencia y todas las maniobras militares no bastarían para siquiera intimidarlas. Son más y conocen mejor el terreno. Yo estoy por una alianza o, por lo menos, un pacto de no agresión, de convivencia pacífica. Esto último creo que ha dado resultado. El cuartel tiene sus horarios. En la intendencia, por ejemplo, hay horas para que hombres y mujeres deambulen neciamente en ese lugar y horas para que las hormigas busquen alimento o se paseen en las piedras porque afuera está el calor o la lluvia. En fin, en estos pocos días hemos sido felices. Admito que tratándose de elefantes el problema crecería desmesuradamente, pero creo que terminaremos arreglándonos. Sí, sí, ya sé que los sanitarios, iracundos, se disponen a escribir sendas cartas hablando de la cantidad de microbios que las hormigas acarrean, y ni hablar de los elefantes, pero creo que me doy a entender. Las revoluciones también son antihigiénicas... para el neoliberalismo. Sobre todo porque son contagiosas (como los elefantes y las hormigas). Y así como hay que aprender a amar a las hormigas y los elefantes, hay que aprender a amar y hacer las revoluciones.
Volviendo a la relación entre las hormigas y los elefantes, a mí no me convence esa aparente indiferencia que asumen una al paso del otro. Sospecho una secreta alianza en ese ignorarse mutuamente. Tal vez se ayudan sin saberlo nosotros; tal vez tras las grandes orejas se esconden las hormigas por millones, recuperan fuerzas, conspiran y preparan el contraataque cuando alguna campaña higiénica las ha obligado a un repliegue táctico; tal vez las hormigas construyen bajo tierra inmensas galerías para resguardar a los elefantes cuando los niños terminen por olvidarlos y queden en las perversas manos de los dueños de los circos. ¿A dónde irían si no bajo tierra a esconderse? ¿Dónde podrían rehacer sus fuerzas sin que fuertes cazadores armados con napalm los encontraran? Quién dice que no, a lo mejor...
Por ejemplo, cuando veo un elefante, en las afueras de un circo o en un zoológico, se me contagia casi inmediatamente y sé que me miran con secreta complicidad, dándome a entender que se preparan para rebelarse. Seguro es que las jaulas no ni tampoco las cadenas que los atan. Las romperán un día e irán felices a retozar, por fin, en los jardines y a comer todo el algodón de azúcar que quieran (todo elefante que se respete enloquece de gusto con el algodón de azúcar y con retozar en los jardines y mejor si tienen una fuente).
Por esto, y por otras cosas, hay que hacer una revolución...
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Ejercito Zapatista de Liberacion Nacional
sábado, 21 de junio de 2008
Elecciones insólitas
Una vez pasó o pudo pasar lo que sigue y que se llama “Elecciones insólitas”.
No está convencido, no está para nada convencido. Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines de nylon, una cafetera garantida, una rubia de costumbres elásticas o la jubilación antes de la edad reglamentaria. Pero sin embargo, no está convencido. Su reticencia provoca el insomnio de algunos funcionarios, de un cura y de la policía local. Como no está convencido han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país. Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente. Entonces ha dicho, “en ese caso elijo la banana”. Desconfían de él, es natural. Hubiera sido mucho mas tranquilizador que eligiese la cafetera, o por lo menos la rubia. No deja de ser extraño que haya preferido la banana, se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.
No está convencido, no está para nada convencido. Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines de nylon, una cafetera garantida, una rubia de costumbres elásticas o la jubilación antes de la edad reglamentaria. Pero sin embargo, no está convencido. Su reticencia provoca el insomnio de algunos funcionarios, de un cura y de la policía local. Como no está convencido han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país. Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente. Entonces ha dicho, “en ese caso elijo la banana”. Desconfían de él, es natural. Hubiera sido mucho mas tranquilizador que eligiese la cafetera, o por lo menos la rubia. No deja de ser extraño que haya preferido la banana, se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.
El Futbol
Eduardo Galeano
La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.
La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.
domingo, 8 de junio de 2008
El gran negocio del crimen y el miedo sacrifica a la justicia
Por Eduardo Galeano (2006)
En un mundo que prefiere la seguridad a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares de la seguridad. En las calles de las ciudades se celebran las ceremonias. Cada vez que un delincuente cae acribillado, la sociedad siente alivio ante la enfermedad que la acosa. La muerte de cada malviviente surte efectos farmacéuticos sobre los bienvivientes. La palabra farmacia viene de pharmakos, que era el nombre que daban los griegos a las víctimas humanas de los sacrificios ofrendados a los dioses en tiempos de crisis.
La industria del miedo
El miedo es la materia prima de las prósperas industrias de la seguridad privada y del control social. Una demanda firme sostiene el negocio. La demanda crece tanto o más que los delitos que la generan, y los expertos aseguran que así seguirá siendo. Florece el mercado de las policías privadas y las cárceles privadas, mientras todos, quien más, quien menos, nos vamos volviendo vigilantes del prójimo y prisioneros del miedo.
Clases de corte y confección: cómo elaborar enemigos a medida
Muchos de los grandes negocios promueven el crimen y del crimen viven. Nunca hubo tanta concentración de recursos económicos y de conocimientos científicos y tecnológicos dedicados a la producción de muerte. Los países que más armas venden al mundo son los mismos países que tienen a su cargo la paz mundial. Afortunadamente para ellos, la amenaza de la paz se está debilitando, ya se alejan los negros nubarrones, mientras el mercado de la guerra se recupera y ofrece promisorias perspectivas de carnicerías rentables. Las fábricas de armas trabajan tanto como las fábricas que elaboran enemigos a la medida de sus necesidades.
El miedo global
Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir...
En un mundo que prefiere la seguridad a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares de la seguridad. En las calles de las ciudades se celebran las ceremonias. Cada vez que un delincuente cae acribillado, la sociedad siente alivio ante la enfermedad que la acosa. La muerte de cada malviviente surte efectos farmacéuticos sobre los bienvivientes. La palabra farmacia viene de pharmakos, que era el nombre que daban los griegos a las víctimas humanas de los sacrificios ofrendados a los dioses en tiempos de crisis.
La industria del miedo
El miedo es la materia prima de las prósperas industrias de la seguridad privada y del control social. Una demanda firme sostiene el negocio. La demanda crece tanto o más que los delitos que la generan, y los expertos aseguran que así seguirá siendo. Florece el mercado de las policías privadas y las cárceles privadas, mientras todos, quien más, quien menos, nos vamos volviendo vigilantes del prójimo y prisioneros del miedo.
Clases de corte y confección: cómo elaborar enemigos a medida
Muchos de los grandes negocios promueven el crimen y del crimen viven. Nunca hubo tanta concentración de recursos económicos y de conocimientos científicos y tecnológicos dedicados a la producción de muerte. Los países que más armas venden al mundo son los mismos países que tienen a su cargo la paz mundial. Afortunadamente para ellos, la amenaza de la paz se está debilitando, ya se alejan los negros nubarrones, mientras el mercado de la guerra se recupera y ofrece promisorias perspectivas de carnicerías rentables. Las fábricas de armas trabajan tanto como las fábricas que elaboran enemigos a la medida de sus necesidades.
El miedo global
Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir...
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